Peces -vocaciones- hay. Llamados a la única meta, la del amor…todos. Buscadores de felicidad y de una cierta solidaridad, la mayoría. Capaces de responder a la invitación de crear fraternidad, bastantes. A todos nos interesa que haya mucha gente con ideales muy altos y humanizadores. Cuantos más mejor. Y a los cristianos nos interesa sobremanera: es la forma de parecerse más a Dios y, por lo tanto, de crear familia y fraternidad.

Dios se preocupa de cada uno: nos sigue y acompaña en nuestro camino hacia la felicidad en el amor. Tanto los que se consagran a Dios -y hacen suyas las cosas de Dios- como los que se consagran a los hombres -y hacen suyas las cosas de los hombres-, como los que se consagran a Dios en los hombres y a los hombres en Dios, se afanan y viven hasta la pasión el ideal humanizador, que alguno llama divinizador. Los sacerdotes y religiosos viven todas esas consagraciones como una única consagración. La resultante es plenitud humana, felicidad y alta dosis de eficacia en la construcción de la familia que Dios y todos queremos.

Decimos a menudo: «A ver si este hijo mío, este joven, encuentra el camino…» Pero habría que preguntarse: ¿Cómo va a encontrar el camino si no conoce la meta hacia dónde caminar? Hay padres y educadores que no hacen más que caminos. ¡Venga a enseñar caminos! ¿Quién enseña y hace gustar las metas? Porque si no hay metas, los caminos son … para perderse. Y si hay metas pero no atraen, o si están demasiado lejanas, o si requieren esfuerzos sobrehumanos… no vale la pena ponerse en camino. El sabio sabe que metas no hay más que una: la vida feliz. Y esta hay que crearla, desarrollarla, defenderla y multiplicarla. Todo lo demás que existe son caminos: el de la inteligencia, las relaciones, la naturaleza, el arte, la política, la religión, la comunicación social…

El buen educador no presenta a los jóvenes metas lejanísimas, porque, en realidad, engaña. La meta del amor, de la solidaridad y la felicidad, es meta profundamente deseada para quien la conoce. Y, lo que es más esperanzador, asequible para todos. Tampoco el educador inteligente presenta caminos duros, espinosos y casi inaccesibles. Los presenta como lo que son: espacios y tiempos de disfrute, atractivos y adornados por una viva esperanza. Hay muchos «agentes de pastoral» que ponen las metas en el paraíso y hacen de la vida un camino infernal (de privaciones y renuncias, de penitencia y calvario). Dios nos trae la Pascua, no «nos hace la pascua». Hasta el camino es más bello cuando la meta es más deseada y se hace en amistosa compañía. De tanto correr, correr / a la meca del placer / de tu soñado destino, / no te has parado a aprender / lo bonito que es saber / gozar siempre del camino.

La meta -el amor hecho profesión vocacionada, servicio a los demás, voluntariado, vida sacerdotal o religiosa- no es una renuncia sino una excelente opción, una gran adquisición y fuente segura y constante de felicidad. Cuando la gente dice: «Qué listos son los curas y los frailes…» dicen mucha verdad. Darse cuenta de lo bueno y saberlo aprovechar, es signo de inteligencia, de «sabiduría evangélica». No todos comprenden el misterio del Reino: los sabios de este mundo «desbarran», mientras que los sencillos se llevan la mejor parte.

Dios crea por amor, guía con amor y lleva al amor. Entrar en la órbita de Dios es descubrir el sentido y orientación de la vida. Esa es la vocación, la llamada a crear vida y a inundar todo de vida. Nada tan plenificador: cuanto más amor se da, más se crece. Cuanta más fe se tiene en el otro, más fe se provoca en el otro. Por eso Dios hace brotar yedra incluso en los campanarios, y por eso salen flores hasta en el asfalto. Desde esa visión de la vida, no se puede entender -y soportar- que un joven abierto, libre, alegre, moderno, encarnado en la sociedad actual, con una espiritualidad sólida y unos ideales elevados, con gancho entre los compañeros…¡excelente vocación!, se dice- una vez «pescado para el seminario», se atornilla su vida, su expresión… Como si Dios, la vida religiosa, la fe, exigieran como condición renunciar al carácter y a la vitalidad. Como si la vocación exigiera por su misma naturaleza tonos engolados, pasos cortos, movimientos pausados…una vida acorchada y lánguida, que «explotará de felicidad en la vida eterna»

Quien no se arriesga, no pesca. No se arriesga quien no cree. Y quien no cree, ni ama ni crea. La carencia crea el órgano (estructuras, organismos, locales, medios, personas, tiempos y momentos, oración, programación…) No se trata de pescar vocaciones, sino de orientar a cada uno para que encuentre el sentido y el propio lugar en la vida.

Es un delito decir que amamos a los demás, si mientras tanto no les ofrecemos -personal, y pedagógicamente- lo que creemos mejor para ellos: la orientación en la vida.